La casa de los tesoros A mis padres, a mis hermanos, a mis abuelos, y a todos los habitantes de esa casa mágica, que no se dejan ver, y siempre estarán ahí. Capas y capas de cal cuarteadas conformaban un curioso mosaico trazado al azar por el paso del tiempo, como todo en la vida. Los paisajes, las caras, los cuerpos, hasta los sueños acaban por cuartearse. Era una casa de tres alturas, en una calle ancha, empedrada, que parecía salir de la propia sierra en pendiente. Había una puerta de madera de doble hoja agonizante, deslavada a rodales, y aún con restos de pintura marrón; un ventanal abalconado en la planta superior, y un boquete con unas rejas torcidas, en la parte más alta. Al otro lado, un portón de madera astillada, un cerrojo antiguo del que colgaban unas cadenas herrumbrosas y un candado. A través del desnivel de la puerta sobre el suelo, se colaban unos montoncillos verdes, matojos diminutos mezcla de moho y hierba sobre piedras y tierra, como un bosque...
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He perdido la cuenta del daño que me hiciste, de las lágrimas ahogándome en la garganta, del pecho rebosante y poroso en el que han dormido tantas palabras afiladas, tantos silencios letales. Pero sigo aquí y sigo en pie. Respiro. Siento que en cada inhalación tu energía se adentra en mí. Sí solo fuéramos eso podría morirme ahora mismo sabiendo que estoy hecha de ti. Pero dime tú, mi amor, que hacemos con la piel, con los ojos, con las manos, con nosotros. Dime que hacemos con las ganas, porque tengo los bolsillos del alma tan llenos de deseo que a cada paso siento que pueden caerse en cualquier momento. No quiero que esto ocurra. No quiero que se me borre ni un solo recuerdo, que se apague ni una sola llama, que vuelva a llover sin que estés conmigo