Mi cámara y yo


Hay situaciones inesperadas en las que misteriosamente recuperamos sensaciones propias de la infancia.  Eso es lo que me pasó hace ya unas semanas cuando vi que mi marido subía de la calle con una caja envuelta en ese papel de regalo inconfundible de El Corte Inglés. Ni cumpleaños, ni aniversario, ni santo –sí, las reinas moras también tenemos onomástica- ni nada especial que celebrar.  No sé si me voy a hacer con ella, pero es una señora cámara de fotos, pensé.  Me puse nerviosísima al ver esa maravilla, histérica al saber el precio, y como las cabras de Manolo al trastear un rato con ella y ver qué fotos hace la bicharraca.  

De siempre me ha gustado hacer fotos y que me las hagan. Yo no tengo ningún tipo de pudor en admitir que las dos cosas se me dan bien.  He tenido siempre cámaras de fotos modestas a las que les he sacado partido, al contrario que mucha gente que tiene camarones –como el que yo tengo ahora- y no es capaz de hacer una foto en condiciones. Te tiene que gustar, y si te gusta, no es nada difícil obtener resultados más que aceptables. 

Partiendo de que la base de una buena fotografía es el gusto por la belleza, el resto lo componen intuición y técnica. En la  belleza de un momento puede caber la  imagen del dolor más cruento. Del desgarro a la placidez,  de la tristeza a la alegría.  EL concepto de fotografía que tienen algunas personas, es únicamente el de conservar el recuerdo de un momento, tanto es así, que no reparan en que ese recuerdo quede borroso por no haber tenido paciencia como para ajustar el enfoque  en tres segundos que les parecen interminables, o que sobre la imagen de una bonita playa aparezca un primerísimo plano de un kiosco que podría haberse evitado desplazando la cámara un par de centímetros. 

La primera cámara digital que tuve, una Samsung Digimax, hacía unas fotos de escándalo con sus 3MP, le sucedió una HP cortesía de LIDL, quien me la envió a casa con un mensajero apuesto en víspera de Navidad como ganadora de un sorteo por haber aceptado la recepción denewsletter de su web en mi correo. Para que luego digan que esas cosas no pasan. Prosperaron mis instantáneas con una Canon estupenda que no sobrevivió a la arena de Calblanque, …  y entre estas y otras he ido inmortalizando los últimos 15 años de mi vida.  Podría recordar casi todos los momentos vividos a golpe de foto. Lo que no sé es si sería capaz de tener tantos recuerdos sin esa multitud de imágenes captadas.  Una de las ventajas del soporte digital es evitarse la sorpresa de recoger un sobre en el que  parte de los negativos se han velado, las fotos son malas de cojones, o simplemente el carrete no corrió y aquellas fotos irrepetibles jamás han existido, y lo que es peor aún, jamás existirán. Ya casi han pasado a la historia frases como “echa otra por si no sale”,  bueno, mi madre es de las que aun viendo en su visor que “ha salido” cuando le gusta el resultado sigue disparando. “Mamá, tienes la memoria llena ” y la contundencia de su respuesta me enloquece. “Pues cuando vayas al Alcampo me echas unos gigas”.
No borra ni una foto. Ni siquiera esos fogonazos que convierten un bello rostro -como el mío- (risas) en una especie de aparición mariana. Sus instantáneas mayoritariamente recogen sus trabajos a ganchillo, mi hijo comiendo pan, sus pinturas, mi hijo comiéndose un tomate, sus bolsos con anillas, mi hijo chupando un langostino… así que cuando nos reunimos en un cumple y le digo mamá ¿y la cámara?  Volvemos al  “es que no tengo gigas”… y le hago “limpia” y va quedando espacio para más momentos de mi hijo descubriendo nuevos sabores, y de sus bolsos que son la envidia de mi oficina.

Lo hemos comentado alguna vez en nuestros walking-breakfast Jose Maria y yo. Es más que probable que se nos tache de meticulosos e irascibles, que seguro que algo  de eso también tenemos, pero cuando te gusta hacer fotos intentado sacar lo mejor de cada momento y  cada persona y ves el poco interés que tu pareja, hermana, prima se toma en disparar, dan ganas de no salir en la foto. Y ya, escuchar algo del tipo “uy, espera que te haga otra que te he cortado la cabeza” es casi bronca.  No tenemos remedio. Ellos –los que no saben hacer fotos- tampoco.

Yo tengo la suerte de tener alguien que me saca guapa, con un trozo de tela de fondo, un foco, y mucha pasión por lo que hace, así que de vez en cuando recurro a él porque ver sus fotos suponen garantía de ego durante una temporadita, a pesar de las lorza y la belleza de la arruga que cerca de la cuarentena empieza a ser visible.
Y nos lo pasamos pipa porque no se puede ser más chula posando sin tener ni idea y porque él disfruta tanto disparando como yo haciendo el cabra delante de su objetivo.

A mi querido marido no se le ocurre nunca hacerme una foto, de ahí que él tenga decenas de fotos con su hijo y yo decenas de fotos con mi hijo y un trozo de brazo; vamos que me las tengo que hacer yo misma, y como hasta la fecha no puedo desmontarme el brazo para convertirlo en trípode, pues ahí estamos. Parece que ahora con “camarón” se está animando un poco más. Hace unos días, estábamos en la playa… y casi fue peor el remedio que la enfermedad.  Churri ponte, que te voy a hacer unas fotos, que luego dices… y al más puro estilo retratista de boda,ahora así, churri mírame, y él haciendo posturitas que ni el Ventura, que por más apuro que me dio para una vez que se anima le dejé que disfrutara a sus anchas creyéndose Testino. Tuve que convencerme de que todos los veraneantes en primera línea de playa que miraban cómo hacíamos nuestra sesión en las orillas  - en la orilla del mar y a la orilla de Marco-  eran estatuas. Yo vi como a un chaval se le dibujó esa media sonrisa del tipo “ay que joderse, la gente no tiene vergüenza de nada”, pero en honor de la verdad he de admitir que también había un matrimonio ya entrado en años que se lo estaba pasando pipa: a la señora le faltó aplaudir, y al señor quitarme el nudo del cuello del bañador con los dientes.. y eso que el hecho de que hubiera espectadores me privó de poner en alguna pose esa cara de zorra que sólo yo sé poner, si me da por sacar a la fiera, te digo yo que el abuelo se cae de la hamaca.

No he podido disfrutar estas vacaciones de la cámara como hubiera querido,  es decir, coger el bolso, mis gafas, mi tabaco, veinte eurillos y perderme tres o cuatro horas por ahí. Ahora es cuando mi marido pensara “si no lo has hecho es porque no has querido”. Efectivamente, marido, porque no he querido privarme de vosotros el poco tiempo que hemos estado juntos. Pero el invierno es largo. Para todo. Y más de una tarde me voy a perder…


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