El secreto de Ana
Este
año nos quedaremos sin vacaciones. Mi padre dice que no le gusta el pueblo de
mi abuela porque sólo hay mosquitos y viejas.
Mi madre, todas los noches se viene un rato a mi cama, le dice a papá
que va a contarme un cuento, y él se enfada porque dice que ya tengo pelos.
Claro que tengo pelo, y mi madre me hace una trenza que ya me llega casi a la
cintura. No sé por qué lo dice, ni que
estuviera ciego. Pero mamá y yo nos
callamos y me guiña un ojo en el pasillo, y cuando llegamos a mi cuarto a veces
llora. Dice que es porque me quiere mucho, pero yo creo que es porque mi padre
está casi siempre enfadado.
Anoche
me dijo que me iba a contar un secreto, y que no podía enterarse nadie. Yo pensaba que me iba a decir que iba a tener
otro hermanito, porque se lo he pedido muchas veces. Y la última vez que tuvo un bebé en la
barriga se cayó por las escaleras. Al
salir del cole vino a buscarme mi tía Inés, tenía una cara muy rara, como cuando
estás enfadada y has estado un buen rato llorando, y me dijo que mi madre
estaba en el hospital porque mi hermanito se había ido el cielo.
Cuando
mamá salió del hospital ya no tenía barriga, y tenía un ojo morado y una raja en el labio. Por eso
no me gusta ir al médico, porque les gusta hacer pupas.
Desde
que mi hermanito se fue al cielo mi mamá me abraza y me da demasiados besos y
yo me aparto y me voy a jugar, porque ya
tengo siete años y no me gusta que me de esos besos como cuando era pequeña, pero casi no habla con papá, como si él
tuviera la culpa de que Miguel se hubiera ido a vivir el cielo.
Pero
el secreto no es ese. Me ha dicho que
vamos a ir al pueblo de la abuela y que
si quiero, nos podemos quedar allí vivir.
La mala vida
Hubiera dado mi vida por ti, lo hubiera
hecho y lo sabes. No sé en qué momento dejaste de ser el hombre cariñoso del
que me enamoré, el que me hacía reír, el que tantas veces, cuando éramos
novios, me prometió la luna.
La primera vez que me pusiste la mano
encima hasta tú te pusiste a llorar conmigo, yo porque sentí pánico de que
volviera a ocurrir, y tú, supongo,
porque descubriste la bestia en la que te estabas convirtiendo. Cuántas veces
relampaguea en mi mente aquel instante, tú de rodillas abrazado a mi cintura
pidiéndome perdón y yo sin poder creer lo que acababas de hacer. Ya ves, tuvo
la culpa el vestido que llevaba puesto.
O las cervezas que te habías tomado con tus amigos antes de llegar a casa.
Me dijiste que parecía una puta, y me dio por reír. Nunca me habías hablado
así, hasta pensé que estabas de broma.
Otra vez fue porque la cena estaba fría. No me
dio tiempo a esquivar el plato, y pensé, que también la culpa era mía, que una
mujer como dios manda tenía que tener
la cena caliente aunque su marido llegara a las once de la noche, con la
bragueta desabrochada y ese olor a alcohol que apenas me dejaba respirarNo puedo más. Estoy harta de fingir que me he caído, de no poder ir a un hospital por miedo a que sospechen la verdad, de echarme a temblar cuando te veo venir hacia mí con los ojos llenos de deseo y las manos vacías de cariño. Te libraste aquella vez, cuando mataste a nuestro hijo de una patada, porque me hubieran matado antes de decir que me habías puesto una mano encima por miedo a que le hicieras algo a Ana.
Me llevo a Ana antes de que se de cuenta
de todo, antes de que vuelvas a mirarla como un buitre en vez de como un padre
como has hecho esta noche cuando has entrado al cuarto de baño cuando ella
salía de la ducha. Iremos a ese pueblo lleno de mosquitos y viejas al que hace
tiempo no querías que viniéramos. Son
demasiadas las denuncias que nunca te he puesto en todos estos años, y sé que
no haciéndolo me estoy jugando una esquela a dos columnas con foto en el periódico. Por no llevarme, no me llevo
ni el miedo, ni los recuerdos, yo, que hubiera dado mi vida por ti…
Más allá no hay nada
Supo justo un segundo antes de que
ocurriera, que sería el último momento que sintiera el calor de Inés. El de
una mano sobre otra. El calor húmedo de la almohada empapada en sudor, el
calor sofocante de aquella habitación,
de aquellas cuatro paredes en las que había permanecido inmóvil las últimas
tres semanas. Se enfrió la mirada de
Inés justo en el momento en que notó que a María se le había parado el pulso.
Primero escuchó algo parecido a un ronquido, y de inmediato un apretón en la
mano que ella quiso creer que fue su forma de decir adiós.
A continuación una nebulosa de llantos,
de abrazos, de gritos del dolor. María tuvo la sensación de que empezaba a
recorrerle una bruma helada por todo el cuerpo, y por encima de eso, la certeza
de que aún sin poder hablar o sin poder moverse, no había dejado de sentir, más
bien al contrario: la tímida luz que asomaba por la ventana de la habitación se
había convertido en un fogonazo blanco y brillante y cegador como el flash de
una cámara de fotos, un fuerte olor a alcohol y desinfectante había iniciado un
camino de ascenso hacia sus fosas nasales con el ímpetu con el que el rio
desemboca en el mar. Un sabor amargo hizo acampada sobre sus papilas. Y el frio
seguía el recorrido de cada centímetro de su piel, atravesando capas, huesos,
arterias hasta instalarse bajo su cuerpo como una esterilla invisible, como una
alfombra mágica dispuesta a transportarle a otro lugar.
Debieron pasar varias horas, las suficientes para que todas aquellas sensaciones tan abruptas reposaran sobre su cuerpo inmóvil, ya casi acostumbrado a ese otro estado parecido al sueño profundo y agradable, como esas siestas de lluvia tras los cristales de una tarde de casi invierno. Ni aún habiendo querido podría haber abierto los ojos, tampoco hizo el menor intento, tan segura como estaba de que no necesitaba nada más que permanecer en ese estado tan desconocido y sin embargo tan gratificante. Se ahorró la estampa del dolor al otro lado del cristal, las huellas de las manos del amor convertidas en una suerte de alas, el luto
convertido en un informe, y decenas de rosas rojas, lirios, claveles y gladiolos tiñendo aquella sala fría como el hielo, y el olor de aquellas flores convertido en atmosfera.
-
Tía, por qué mi mamá no abre los ojos?
-
Alicia, mamá está dormida, dormida para siempre
Fue esa sonrisa el último esfuerzo que hizo
María, el esfuerzo caprichoso de los músculos destensados, de la calma, de la
despedida, del té derramándose lentamente sobre las retinas de todos los que
estaban allí, ausente y presentes. Qué distinto hubiera sido todo si hubiera denunciado a tiempo a Nicolás
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