Brillos

Antes de dormir una lujosa siesta perdida en las pestañas de mi hijo -aún me cuesta decirlo, pero por fin me sale escribirlo- inmersa en la nebulosa de esos pensamientos que anteceden al sueño, me ha venido a la cabeza la premura de una Navidad, una más, que ya asoma por los escaparates de los grandes almacenes y brota bajo las hojas hermosas y doradas que cubren las aceras convirtiendo en bosque improvisado el más gélido asfalto. Y de manera ineludible un pensamiento me ha llevado a otro, lejano en el tiempo aunque aún fresco en la memoria, de cuando éramos niñas y comprábamos esos tubitos de brillantina y estrellitas que nos echábamos sobre una base de Vaselina encima de los párpados. Ahora que lo pienso, debíamos parecer putitas de El Raval, tan exóticas y tan metálicas. Tiene eso la Navidad, nos dota de un extra de inconsciencia que nos hace perder el pudor, a veces la vergüenza, incluso el rencor, lo que dicho sea de paso, no sólo no es malo, sino que resulta muy reconfortante. A veces.

Mi infancia y mis mejores recuerdos de familia casi siempre vienen asociados a mis primos, y especialmente a mi prima Loli,  que aún siendo unos meses menor que yo, me daba sopa con onda. A mí el pavo me duró mucho tiempo, a ella menos, que tuvo un hijo cuando aún yo apenas empezaba a saber cómo se hacían. Ahora su hijo bello podría pasar por su amante, se llevan pocos años, y ella se mantiene estupenda.  Parece que fue ayer cuando íbamos a la tienda de Paulino a gastarnos cien pesetas en un bolsón enorme de patatas fritas con caldo de berenjena. Nos enseñó -a mi hermana y a mí- a tragarnos el humo de los cigarros, y esos secretos de preadolescentes unen mucho. A eso nos dedicábamos a escondidas mientras su hermana mayor, mi prima Puri, se hacía uñas postizas con celofán. Siempre ha sido muy apañada.  A decir verdad, por mucho que nos quisiéramos, siempre acabábamos mal. Y yo siempre salía perdiendo. De algún modo, nos sigue pasando, a pesar de que nos adoramos, somos tan diferntes que no podemos estar mucho tiempo juntas sin que salten chispas.

Con mis primas Ana y Marisol la relación era totalmente diferente. Ana fue probablemente mi primer icono, mi ídolo de modernidad. Me fascinaban su manera de vestir, su pelo, su forma de andar, sus amigos... siempre quise parecerme a ella, y nada me hacía más feliz que heredar sus pantalones de cuero y sus chaquetas ultramodernas. Aún recuerdo una capa roja y negra como una auténtica joya de la movida. Y Marisol... era superbuena, superdulce, superpija, y supercariñosa y siempre mi cómplice. Es una suerte haber tenido unas primas estupendas, crecer con ellas, compartir tantas cosas.. y seguir haciéndolo hoy en dia.

Juntarnos en Navidad era lo más de lo más. Nochebuena con la familia de papá y Nochevieja con la de mamá y al contrario, y así durante muchos años, que nunca fueron demasiados. Y los abuelos. Ufff... no quiero ponerme triste... sigo con el brillo.

Todo se vuelve brillante a mis ojos cuando se acercan estas fechas que ya ni en el vestir se celebran como antes. Maldita sea la hora en que el lamé dio paso a la franela. Ya no se ven esos brillos, ni esas pieles a menos que vayas de paseo por el barrio Salamanca una tarde de otoño... y ya ni eso, hasta las megaseñonoras se han vuelto muy casual

De chica, cuando veia alguna señora vestida con un abrigazo de piel, no podía sucumbir a la tentación de adentrar mi mano entre tanto pelo y sentir el calor y esa suavidad tan polémicas. Si la señora en cuestión además de llevar un abrigo como dios manda, peinaba un buen moño perfectamente enlacado y unas perlas alrededor del cuello, tenía todas las papeletas para convertirse en la imagen que entonces tenía de la distinción. La señora Goya, una vecina muy mayor de impecable estilo de quien siempre escuché que era puta, era de ese tipo de señoras en el vestir. Además llevaba las cejas pintadas, las uñas rojas con la media luna resaltada en blanco, y cuando se dirigía a mí me llamaba "cielo" y eso me encantaba acostumbrada a ver al resto de las vecinas con rulos y redecilla en la cabeza, reliadas en sus batas de guata mientras cotilleaban en la escalera o sacudían el felpudo.


Me gustaría volver a ver esos árboles de Navidad tradicionales llenos de bolas relucientes, y el espumillón oro y plara por muy cool que sea el de color negro, y los regalos bien envueltos con sus cintas brillantes aunque alberguen en su interior una fubanda de los chinos, quizás incluso me compre uno de esos tubitos de brillantina aunque sea para no usarlo. Que vuelvan el brillo, las lentejuelas, los paillettes, el raso, las pelucas electrizantes, la lycra metalizada, las uñas nacaradas, los zapatos de charol... lo necesitamos más que nunca, tanta tenebridad acaba opacando al más optimista. Que vuelvan aunque no sea para quedarse.

Yo, de momento, prometo ver esta Navidad en el brillo de los ojos de Marco, aunque me quede dormida en sus pestañas.

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