Fauna & Flori


Hoy me he levantado flamenca y charlatana. He dormido poco y mal, ni siquiera tenía preparada la ropa que ponerme esta mañana.  Me he puesto una casaca verde hospital y unos leggin negros,  de modo que con la tarjeta de fichar colgada parezco una cirujana a medio vestir. 

Tengo un pijama que si que es hospital total look,  ya ves, lo normal  es que a un hombre le ponga una mujer vestida de enfermera, y a mi me pone plantarme de falsa cirujana, con mi pijama y mis crocks y dejarle caer a mi chico cuando menos se lo espera un  vamos, que hoy tengo quirófano”.  Cuánto daño ha hecho House in my house.  Si no  fuera porque  cuando veo a Foreman se me disparan las hormonas, no permitiría que el-cojo-mala follá se plantara en mi salón a la hora de la cena. 

La tele posee un influjo acojonante, y si no que se lo digan a mi Balse, que esta mañana mientras nos sacábamos un café de la máquina ha soltado una de sus frases que me descolocan y fascinan a partes iguales “ayer me dieron ganas de meterme en la tele”.  Algún chulazo vio, es lo primero que he pensado, pero no, parece ser que vio como un fisio masajeaba a Jorge Javier, -que tiene de chulazo lo que yo de cirujana- y por mor  del “chorro asesino” del aire acondicionado que le tiene contracturado perdido,  hubiera querido en ese momento sentir las manos del fisio sobre su cuello, en vez de ver cómo se deslizaban por el del otro. 

Balse merece un capítulo aparte.  Hace apenas una semana tuvo que sacrificar a su perrito Tobi, que no podría llamarse de otra manera, y desde entonces hay ratos en  que le veo cariacontecido. “si estos días de atrás hubiera tenido un feisbu de esos, ya hubiera escrito, que hay que ver la de veces que me acuerdo de él y lo que le echo de menos”…   Le queda su Duque,  que dicho sea de paso, vive como un marqués, pero no es lo mismo. 

A mí  me pasa con los animales lo que con la tónica, que no he aprendido a amarlos.  No entiendo que se les trate como a personas, es más, no lo soporto y ya lo he comentado muchas veces. Es inadmisible que mueran millones de niños en África por no estar vacunados contra la gripe, y existan hoteles para perros, y latas de salmón ahumado para gatos.  Me da grima, hace que sienta un pudor indescriptible. Tampoco quiero que se les haga daño, desde luego. 

De chica tuve una gata apenas unas semanas,  hasta que me cansé de ella y pasó a mejor vida. Natalia se llamaba la muy felina.  Nunca se ganó nuestro cariño, por eso pasó de vivir en casa con nosotros  a campar a sus anchas por el campo y tanto ella como nosotros salimos ganando. Me dan asco los gatos.  Esto es muy peligroso, porque a veces ese asco arrastra a sus dueños.  Quizás tenga algo que ver un episodio que viví hace muchos años en Pamplona. En una visita de trabajo, conocí a una señora mayor  zoofílica perdida. Se morreaba con un gato gigante y dorado como el trigo mientras yo le explicaba las coberturas de un seguro, y mirándose con deseo decía, “a que sí mi amor, a que nos queremos mucho… y hacemos muchas cositas juntos, verdad?” Entre lo que estaba viendo, lo que me estaba imaginando, y ese olor nauseabundo que sentí nada más cruzar la puerta , a punto estuve de salir corriendo temerosa de que quisieran proponerme un gatoise a trois o como quisiera que se llamara esa cochinada de orgía impracticable.

Soy poco animalera, a menos que tuviera en consideración a otras especies más cercanas como hiciera Gerald Durrell en “Mi familia y otros animales”…  Mi tío – la mismísima reencarnación de Félix Rodríguez de la Fuente-  ha tenido decenas de animales, de los que recuerdo algunos perros: Artista,  Boni,  Sultán,  Blanqui,  Amedio,  Linda,  Picote,  Sisi, y muchos más cuyos nombres no son capaces de llegarme a la memoria…  amén de gatos, tortugas, palomas, urracas (una se llamaba Mariquilla, alcohólica perdida desde que aprendió a volcar botellines por el patio –mis tíos tenían un bar- y a beberse los culos que quedaban en los quintos de Mahou.   Era selectiva y borrachuza… de cuantas botellas como había pasaba por alto las de Schweppes, las de Trina –con lo que me gustaba a mí la piña colada-   que convivían con patos, gallos, pollos, conejos… hasta un borrego, recuerdo, que campaba a sus anchas en un patio entre flores silvestres.  Le cebaron y pasó a mejor vida  -es un decir- convirtiéndose en ágape de una tarde de verano entre sangrías y ponches. Aún recuerdo cómo se rifaban el “mondongo”, que a mí por más que me explicaran que eran las tripas me sonaba a cipotón o baile cubano… o las dos cosas,  y me dio por imaginarme a mi tía, que fue quien finalmente se alzó con tan preciada pieza, invadida por los efectos de la asadura, sensual contoneándose con su mondongo en la boca entre los presentes estilo Lambada  provocando la lascivia y el deseo más instintitivo entre los presentes…   En una más de las muchas demostraciones que puede hacer sobre su amor hacia el mundo animal, hace poco, mientras alternábamos unas cervezas en una terraza cerca de una fuente, se acercaron unas avispas a las que en mano les dio de comer camarones. La escena era de lo más national geographic  y quedaría en simpática anécdota si no fuera porque mi hijo –un bebé de 5 meses en aquel momento-  estaba al lado. “No te preocupes – me dice- si el chiquillo no les hace nada no le van a picar”.

Este argumento, la verdad, me toca bastante el coño.  Y cae por su propio peso.  Yo no le hago nada a los mosquitos y me brean. No le hago nada a los perros y un día me mordió uno y me arañó la espalda.  Otra cosa es que Ángel Cristo, que en paz descanse el hombre, tuviera la cara como su propio apellido de zarpazos sin merecerlo, dicen que era un gran amante de los animales… pero ya el hecho de meterlos entre rejas e intentar que no cierren la boca cuando le metía la cabeza entre los colmillos,  es una provocación ¿no? El es de los que no entiende que haya muchas personas a las que no nos gustan los animales fuera de su hábitat, es decir, las ovejas en los rebaños, los cerditos en su pocilga –y ya muertitos reencarnados en magro con tomate, jamón ibérico, oreja a la plancha y demás delicias- los pajaritos en los árboles y así con todas y cada una de las especies del reino animal.  Y eso, tampoco es normal.  Otra de sus grandes ocurrencias fue dejar una camisa de serpiente en la alfombrilla del asiento de copiloto del coche.  Suerte que mi tía lo supo cuando ya se había bajado del coche, de lo contrario no lo habría contado.  Los años han hecho que pierda coraje, y aún así, era de las que vendía un par de cachorritos  por cuarenta mil pesetas de hace treinta años, que eran muchas pesetas, y se iba al mercado a comprarse un kilito de angulas y se quedaba más ancha que pancha. Con cayena. En platillo de barro. Y le duraban un asalto.  Esta es la misma que nada más parir la perra cogía a los cachorros y los cortaba el rabito –decía que había que hacerlo- sobre el cuchillo del bacalao, esos cuchillos gigantes que van unidos a una base de madera,  y se hacía llaveros.  Un horror.  Vamos, que viendo aquello,  el concepto que yo tenía de lo que era el miedo era nacer cachorro, y ya ves,  he conseguido ser una perra.

Otro de mis tíos lleva a tal extremo su amor hacia los animales, que convirtió el huerto de su estupenda parcela en el campo, en un camposanto de cadáveres de perros muertos por edad… entre quienes se encontraban Diana –que nació el mismo dia que yo- y demás cachorros cuyos nombres desconozco, descansado en paz a escasos metros de tomateras lustrosas –delicioso aroma el de las matas de tomate- y demás vegetales cuidados primorosamente.

Siempre pensé que tanto amor a sus animales algo tenía que ver con el hecho de que mis tíos no tuvieran hijos,  no entendería de otra manera, que diariamente mi tía sin hijos guise perolas de cocido, macarrones, paella o lo que toque, para siete: ellos y sus cinco perros.  A mí esto me parece superheavy,  pero según con quien lo comente llego a la conclusión de que la rara soy yo.  Así que mi tía en su rutina diaria tiene que guisar todos-los-días-del-año para sus perros que para ella son sus “hijos”, que ya es amor cargar con esa faena a su edad con lo fácil que sería darles de comer pienso. O eso es lo que yo pienso, de pensar.

También hay tiernas historias de animales en mi familia… recuerdo especialmente la de Rocky. Un lindo cachorrito de perro color canela, alegre y juguetón, convertido en el mejor amigo de mi prima Sarah, que un buen día se pierde en el río o se muere o no sé qué pasó… el caso es que para no traumar a la nena ante la desaparición del can, le dice su madre  -mi tía- que Rocky está en el cielo.  Al poco tiempo, se marchan a Alemania de vacaciones, y la dulce niña en pleno ascenso del avión, al ver las nubes, dice “ay mamá, que alegría que vamos a ver a Rocky”.  No sé puede decir que los muertos están en el cielo.  Es de lógica aplastante que mi prima pensara al ver como rebasaba las nubes que se iba a encontrar con su cachorro.

Una más de mis tias - son cinco hermanas andaluzas y tremendas- también tenía animales en su parcelita del campo. De hecho, incluso durante un tiempo crió pollos y conejos para venderlos. Los más "ternicos" se los comía mi padre. Recuerdo que cuando ibamos allí, justo antes de irnos, nos llevaba a la nave donde tenía a los conejos y decía "este pa que se lo hagas con arroz a tu marío, nena". Matar un conejo a cebollazo limpio, por cruento que parezca es eficaz y rapidísimo. Yo siempre le decía a mi madre que no quería comérmelo..  pero me enteraba a toro pasado.

Justo unos dias antes de que mis tios vendieran la parcela fuimos a pasar un domingo y como suele pasar cuando se reune la familia, en un sanísimo y desternillante ejercicio de memoria, mi prima AnaBelén nos contó el espectáculo que se organizó cuando en cierta ocasión los pollos cogieron una enfermedad -digo yo que sería la gripe-  y tuvieron que matarlos como medida preventiva. A grandes males, grandes remedios y el remedio fue cortar por lo sano, casi literalmente.  Eso fue lo que hicieron. De modo que mi prima recuerda entre carcajadas ese espectáculo de pollos decapitados chorreando sangre  correteando sin tom ni son entre sus propias cabezas hasta que iban cayendo al más puro estilo walking dead. Esto, no debería herir la sensibilidad de nadie. Así fue y así lo cuento. Mi archivo de memoria histórica conserva recuerdos realmente dramáticos, como el del caso de los polIitos de colores, a los que se les intoxicaba deliberadamente con spray para que lucieran bien flourescentes y pintones.

... Ya son muchas las muestras de diferentes formas de tratar a los animales que hay en mi familia, no todas, tengo una familia grande... y sin embargo una gran familia, respeto esos amores que no comprendo y pido que se respete mi falta de aprecio. Y me horroriza que cuando salgo espantada porque se me acerca un perro, o un hamster o alguien pretende que acaricie un gato, oir algo del tipo "mujer, si no te va a hacer nada"... Faltaría más.

A mí me da asco que un gato se tumbe en la cama de su dueño, que no pueda comer tranquila porque un perro está babeando a la altura de la mesa, que un gilipollas se ponga al lado en el autobús con un hurón en el hombro y se crea supermegaguay, o que al musculitos tonto del barrio le de por pasear un cerdo vietnmita por las canchas de baloncesto. Y aún así, no se me ocurre acercarme a los dueños,  desplegar una sonrisa maravillosa, entornar los ojos rollo BetteDavis, y entonar un delicado y contudente "vete a tomar por culo con tu bicho, si me lo acercas un centímetro más soy capaz de encargar una paliza a los Miami".

¿Alguien puede imaginarse lo que soy capaz de hacer la próxima vez que a alguien se le ocurra poner un perro encima de mi hijo?

Pues eso

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